La Peregrinación de Beelzebub
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¿Cuál es tu primer recuerdo?

¿Estabas jugando, con tus padres, comiendo tal vez?

El mío es el de un lugar oscuro, estaba sola. Mis alrededores parecían quemados, pero podía distinguir algo frente a mí. Era la estatua de un hombre crucificado, su cara era hermosa, como si fuera tallada para acercarse lo más posible a lo humano.

No recuerdo bien el resto, todo estaba borroso. Pero el hambre que sentía ese día, eso nunca lo olvidaré. ¿Cuándo fue la última vez que comí? Tal vez nunca en mi vida lo había hecho hasta ese momento.

Confundida y asustada, miré de vuelta hacia la estatua y él me devolvió la mirada. Me ofreció una manzana, su rojo resplandecía entre toda la mugre que me rodeaba. Cuando la tomé de sus frías manos, sentí la sensación más hermosa del mundo, y luego vinieron las moscas. Ellas también querían comer, me encontraba en una competencia para terminar la manzana antes de que los cientos de moscas succionaran el néctar de aquella fruta.

La estatua ya no me miraba.

Las puertas de donde estaba se abrieron, dejando ver varios muebles calcinados, rotos, ennegrecidos y varios cuerpos siendo consumidos por las moscas.

Y esa también fue la primera palabra que recuerdo. Mosca, Fliege en alemán.


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Hotel Oparin, Austria. 2017

Claudine Oparin subía piso tras piso del hotel más importante de su familia en un ascensor decorado con espejos. Cada tantos segundos le devolvía la mirada a su reflejo, estaba nerviosa, ya que tendría que hablar con ella. Respiró y exhaló muchas veces hasta que las puertas del ascensor se abrieron en la terraza del hotel.

La piscina ocupaba casi todo el espacio y la única otra persona aparte de Claudine era una hermosa mujer que tomaba el sol recostada en una silla, con un tazón de frutas a su lado. La mujer tenía un cabello negro y largo, lleno de rulos. Vestía una bata blanca y unos lentes de sol circulares.

Aquella mujer agarró una de las manzanas del tazón y la mordió. Claudine se quedó hipnotizada mientras el néctar de la fruta se escurría por esos finos labios, pero rápidamente volvió en sí por el asco de ver a tantas moscas ir tras la manzana también.

"Ella siempre está rodeada de esas cosas", pensó Claudine. Se acercó a ella lentamente y, con voz algo quebradiza, le dijo.

—Es un placer volver a verla, mi señora Beelzebub Fliege.

—Por favor, ya te lo he dicho muchas veces, llámame Beel —dijo la demonio mientras se quitaba los lentes de sol, dejando ver sus ojos color púrpura.

Claudine había conocido a esta mujer hacía muchos años, cuando realizó aquel viaje al hipogeo de Hal-Saflieni, ella buscaba respuestas a sus dudas espirituales y Beelzebub le dio las respuestas que necesitaba. Introdujo a Beel en su sociedad a cambio de que ella le enseñó sobre el esoterismo y le ayudara a extender su tiempo de vida. A pesar de que en un principio estas parecieron acciones altruistas, Beelzebub poco a poco fue tomando más poder dentro de la organización, su carisma y sus saberes engatusaban a todos los miembros.

Estas acciones se fueron extendiendo por más de cincuenta años hasta que, al final, Beelzebub se convirtió en la líder de la Sociedad Antares a puertas cerradas. Claro que Claudine aún era la cara pública, pero la reina de las moscas era quien tomaba las decisiones.

En días como estos, la ex gran maestro debía informar a la nueva líder sobre todo el inventario de nuevas rarezas que los miembros habían reportado o encontrado.

—¿Cómo van mis aprendices? —preguntó Beel.

—Ellos han tenido grandes avances.

Varios miembros de la organización habían sido instruidos por Beelzebub en las artes taumatúrgicas. Gracias a esto, los logros y descubrimientos de la organización habían aumentado. Esto sonaba bien, pero en el fondo del corazón de Claudine habitaba la rabia de que estos éxitos no fueran a raíz de ella.

—Claudy.

—Sí, sí, mi señora.

—¿Alguna vez te conté sobre mis hermanos?

—Sí, mi señora, muchas veces.

—¿Y cómo nos conocimos?

Claudine se quedó en silencio. Ella había escuchado la leyenda de los seis pecados que fueron elegidos por el séptimo para convertirse en sus heraldos. Siempre le pareció raro que Beel nunca intentara convertir a Antares en una secta que los adorara. Pero claro que Beel solo quería llegar a algún punto con tantas preguntas, a esa mujer le encanta hablar.

Beel se rio.

—Ya sé, mi hermosa niña, termino con los juegos. —Beel acercó una de las sillas reclinables a su lado—. Ven, ponte cómoda, quiero hablar contigo sobre mi peregrinación y cómo conocí a Dios.


Eran los tiempos del Sacro Imperio Romano Germánico y la vida era, ciertamente, difícil. Pero dentro de los muros de los monasterios, aquellas mujeres que aceptaron la devoción a Dios pudieron gozar de cierta paz.

Las rutinas iniciaban muy temprano, cuidar el jardín, estudiar los manuscritos, rezar, limpiar, tejer y demás actividades que forjaban la disciplina en cada una de las monjas. Entre ellas, la que más resaltaba era la joven Katharina Fliege. Todas las mañana, sin falta, realizaba cada una de sus tareas al pie de la letra, se había vuelto una erudita con una curiosidad insaciable, pero lo que más destacaba en ella era su profunda fe en Dios.

Cuando era niña, Fliege fue rescatada de una aldea azotada por un incendio que arrasó con todo y todos a su paso. Cuando la encontraron, estaba en una iglesia calcinada, rodeada de moscas, abrazando fuertemente una estatua del Mesías. Fue llevada al monasterio poco después y se crio bajo la tutela de la abadesa de aquel lugar.

Más allá de haber crecido en un entorno religioso, Fliege terminó desarrollando una fe genuina en Dios. No se lo contaba a muchas personas, pero sabía, en el fondo de su corazón, que el Mesías le había salvado la vida ese día. Lo podía sentir en cada rezo, en cada oración al cielo, que Dios la había protegido, y eso era más que suficiente para ella.

Una noche en particular, Fliege realizaba sus tareas como siempre, limpiaba cada centímetro del pasillo. Ella se pasaba estas tareas en su mundo, mientras su cuerpo actuaba en modo automático su mente pensaba en posibilidades e historias.

Sus pensamientos habían sido interrumpidos con el golpe de la cubeta, que usaba para limpiar el suelo, contra el mismo suelo, desparramando agua por todas partes. La responsable de esto era una monja de larga melena rubia.

Esa mujer, como otras aquí en el monasterio, provenía de una familia de alta clase lo que le daba ciertas libertades y estatus. Su mirada parecía perdida, y no dijo nada después de patear accidentalmente el balde, solo se dispuso a caminar recto por el pasillo. El lugar tenía buena arquitectura, la cual de noche solo era visible por unas pocas velas dejando el resto del monasterio cubierto por sombras. Fliege se quedó mirando como ella se sumergía en esa oscuridad.

La escena tétrica incómodo de sobre manera a Fliege, susurraba oraciones mientras pensaba en si debería ir a su habitación o comentarse a la abadesa, sin saber aquella mujer ya estaba atrás suyo. Fliege casi lanza un grito al verla como estatua, quieta e inamovible con sus ojos clavados en ella.

La abadesa fue como una madre para Fliege. La había cuidado y alimentado como su propia hija por más de veinte años. La abadesa Agnes, se acercó a la joven despacio y con calma, al estar seca acarició la cabeza de Fliege tranquilizando a la pobre.

— No temas mi niña.— decía con una voz suave.

— Mamá, yo, la hermana Weber estaba actuando…

— Ya lo se, ya lo se — Agnes tomó la mano de Fliege.— Ven sígueme.

Caminaron por el frío y oscuro pasillo hasta la recámara de la abadesa. Fliege ya había estado ahí antes, muchas veces de hecho, pero algo era diferente. Su ropero había sido tirado al suelo, y en donde estaba ahora había una puerta que guiaba a unas escaleras descendientes.

Ambas bajaron por las escaleras de piedra, aun con las manos agarradas. Fliege quería decir algo pero no tenía el valor para pronunciar cualquier cosa. Al final de las escaleras había un santuario. Siete pilares sostenían este lugar, el cual sus paredes eran adornadas por pinturas irreconocibles, en el centro de la habitación siete de las monjas de alta sociedad se quedaba mirando un fuego contenido en una antorcha gigante.

¿Un fuego o es una estatua?

Una estatua de siete cuernos.

Fliege no las distinguía, por extraño que suene, aunque ella misma lo está viendo bastante cerca, genuinamente no sabía si lo que veía era el destructivo fuego que iluminaba las caras de la monjas o una fría y anormal estatua de dos metros de un “algo” lleno de picos.

—¿Recuerdas lo que me dijiste, Katharina?

La abadesa no miraba a la asustada chica detrás de ella.

—¿Qué Dios te salvó, decías? Yo te creí al instante.

—Mamá, basta.

—No era coincidencia que tu pueblo fuera consumido por las llamas y que tú fueras la única superviviente para llegar a mí —la abadesa se dejó caer al suelo de rodillas mientras levantaba los brazos hacia las siete monjas—. Recuerda hija mía, en este mundo no existen las coincidencias.

—¡Siete almas, siete cuerpos, siete vientres para el Rey Escarlata! —dijeron todas las mujeres en coro, menos Fliege.

—¡Cumple tu papel, hija mía! ¡El Rey te trajo a mí para que cumplieras su voluntad!

Aquellas mujeres comenzaron a recitar coros incomprensibles, las palabras no solo parecían ruidos aleatorios, sino que también lastimaban los oídos de Fliege. Ante ella, las siete monjas se desnudaron, mostrando vientres de nueve meses.

—¡Cállense! —gritó Fliege—. ¡Herejes bastardas! ¡Dejen de hacer esto, paren!

Los gritos fueron ignorados. Los cánticos seguían junto al dolor en los oídos de Fliege, ella no podía concentrarse y su rabia aumentaba. Su mirada corrió por toda la habitación hasta dar con un atizador tirado junto a otros objetos de hierro.

Una idea cruzó por la mente de Fliege, y no dudó de ser capaz. De un momento a otro, la habitación empezó a sumirse en una luz roja, con un calor que hacía hervir la sangre dentro del cuerpo.

Fliege no lo dudó más corrió hasta tomar el atizador para usarlo como garrote en contra de la cabeza de su madre. La sangre brotó como una cascada ante la serie de golpes que destrozaron el cráneo en un millón de fragmentos.

—¿Por qué? ¡Te amaba! ¿¡Por qué lo hiciste!? —gritó la joven monja.

Cuando la rabia, los cánticos y el calor por fin cesaron, Fliege pudo darse el lujo de caer al suelo y llorar la muerte de su protectora. En su tristeza, no notó que la sangre de la abadesa se movía de forma anómala hacia la estatua envuelta en un fuego incandescente.

Las siete monjas gritaron de dolor mientras sus vientres eran desgarrados desde adentro, todas cayeron al suelo mientras los demonios surgían de su prisión terrenal. El ritual había sido completado.

Las entidades empezaron a devorarse entre sí, masacrándose unas a otras para obtener el poder de sus hermanos. De nuevo, los instintos de supervivencia de Fliege se activaron y salió corriendo de la habitación.

El último demonio en quedar en pie llegó a verla huir. Su piel era carmesí, estaba mórbidamente obeso y su gula aún no había sido saciada.

La joven corría y corría sin detenerse, su respiración se agitaba mientras la adrenalina le daba impulso. El miedo era tal que pensó en escapar del convento, pero no tenía las llaves, tendría que volver a enfrentar a esas cosas para llegar a la recámara donde estaban las llaves.

El convento estaba rodeado por muros imposibles de escalar no tenía opción. Con paso lento y tratando de no hacer ruido caminó por los pasillos. Sorprendentemente pudo llegar y tomar las llaves sin dificultades, el demonio no estaba a la vista. Ella pensó un minuto, ¡sus hermanas!

Fliege se dirigió al otro extremo del edificio para encontrarse con un camino de sangre que daba a los dormitorios. El demonio glotón había llegado primero y consumía el cuerpo de cada una de esas mujeres de forma lenta, había nacido hace apenas una hora, pero ya abarcaba casi todo el dormitorio el cual tenía espacio para cuarenta camas.

Fliege observó su alrededor, todas muertas, o partidas a la mitad, sangre y vísceras teñían las paredes. Y los ojos amarillos de la criatura mirandola, con esa pupila negra infinita atravesando su alma.

Simplemente, se rindió.

"Gracias por todo mamá."


Fliege despertó.

Su cuerpo le dolía desde los pies a la cabeza, se percató que estaba recostada en el suelo, siendo lo único que la separaba de la tierra eran unas finas mantas verdes. La noche se hacía presente en el cielo al igual que el fuego de una fogata cercana daba la presencia de la luz a su rostro.

Cerca de ella un grupo de hombres y mujeres, más o menos once, hablaban entre sí, ellos no parecían percatarse de que se había despertado. Fliege intentó hacer algún sonido, pero no podía, bajo la mirada hacia su cuerpo estaba gravemente lastimada, rasguños por todo su cuerpo y marcas de lo que parecían ser dientes en su torse.

— Veo que despertaste.— dijo una mujer de cabellos moreno, piel pálida con un tono cálido y ropa verde extravagante que dejaban denotar su figura.

Fliege nuevamente intentó decir algo, pero falló.

— No te esfuerces, por poco y no te salvamos de aquella criatura. Me llamo Gudrun, y soy la líder de la sociedad de la…

A Fliege no le importaba. Ahora ya no le importaba nada.

¿Por qué pasó esto? ¿Por qué Dios permitió que su madre cayera en las manos del demonio? ¿Porque aquellas entidades rastreras respondieron al llamado de una impuras, pero Dios no hizo nada?

¿Acaso esto es como cuando Job perdió todo excepto su fe y fue recompensando por lo mismo? no. Ella adoraba a Dios, al creador de todo, el absoluto de todo, el ser que la salvó en sus peores momentos.

Ella sabía, lo sabía en el fondo de su corazón que ese ser existe, pero no será el que alabó toda su vida.

Lágrimas comenzaron a caer del rostro de Fliege.

“Ese fue el momento en el que inicie mi peregrinación.”


bosque

Algún lugar, Península Itálica. dos años después.

Gudrun estaba en el centro de la ceremonia, sus discípulos cantaban y bailaban a su alrededor. Junto a la mujer varios tipos de cráneos de animales ardían en una gran fogata, junto al humo incesantes venían las predicciones de la hechicera.

—Oh Dios que nos cuidas, Oh dios que nos protege. revélanos el camino para mi tu sierva más fiel.

Fliege se mantenía al margen, como siempre.A pesar de que ahora siguera a estos errantes por el mundo no significaba que apoyara sus creencias. De hecho, le daba bastante asco ver a esas personas en estas ceremonias.

Esta orden viajaba por el mundo en busca de conocimiento, cada tanto evitaban que algún mal se desatara para las pobres almas que se rehusaban a ver la luz de la realidad. Fliege simplemente no tenía otra alternativa, ella no pertenece a ningún lugar, ni en la tierra ni en el cielo le darán descanso de su sufrimiento y sus dudas.

Aunque hay algo que si le intrigaba de este grupo.

Esa misma se reunió con Gudrun en una zona alejada del resto del grupo, solo se escuchaba el crujir de las cigarras entre la penumbras de los bosques.

—¿Que necesitas?— dijo Gudrun.

—¿Por qué no me has llevado a ese lugar todavía? Cuando me uní a ustedes me dijiste que hay un lugar que respondería todas mis dudas.

Gudrun no dijo nada.

—Aun no entiendo porque quieres ir, tienes incertidumbre divinas, pero rechazas cualquier conocimiento “pagano” que te ofrecemos.

—Ya te lo dije, no quiero tus creencias ni las de nadie — Fliege se acercó más a ella.— Yo busco al único y verdadero Dios, al creador de todos, el absoluto.

—Y digamos que te llevo a ese lugar ¿Aceptarías ese conocimiento? Oh ¿Solo buscas algo que restaure tus viejas creencias?

Fliege no respondió, desvío su mirada de aquella mujer.

—¿Lo ves? Aun aceptas tus viejas creencias, y desafortunadamente quien protege ese lugar odio a los de tu clase — “maldita serpiente” dijo Gudrun en voz baja.

Fliege se acercó a uno de los árboles y para sentarse cerca. Ambas mujeres permanecieron unos minutos en silencio.

—Lo primero que recuerdo no es la cara de mi madre, o algo de mi pueblo natal, lo primero que recuerdo es estar sola, con hambre, en un lugar oscuro.

Gudrun se mantuvo expectante.

—Antes de fallecer, un ser en un acto de altruismo puro me dio una manzana, no recuerdo bien cómo fue la situación, pero si recuerdo lo que sentí aquel día— el cuerpo de Fliege temblaba, pero no por el frío de la noche.—Yo sentí su presencia, es algo difícil de explicar pero si lo volviera a sentir creo que lo reconocería.

Fliege se levantó, decidida.

—Yo solo necesito volver a encontrarlo, le debo la vida, le debo todo de mi.—los ojos de ambas mujeres se encontraron.—Por favor, si de verdad sabes tanto como afirmas ¿Quién es el verdadero Dios?

—Sabes, si me hubieras preguntado ¿Qué pasaría contigo después de morir? Te hubiera dado un repuesto — Gudrun se acercó a Fliege de forma delicada, poniendo su mano en el hombre de la chica.— ¿Pero quién creó todo? ¿Quién es la conciencia absoluta? Eso nadie lo sabe, ni siquiera pienso que los demás seres que se proclaman Dioses lo sepan.

—¡Imposible!— grito Fliege.— Yo lo que lo conocí, sé que existe, debe haber algún registro lo que sea — su voz empezaba a romperse.

Gudrun levantó su otra mano, una ráfaga de fuego verde la envolvió de aquella luz salió un libro grueso. El diseño del mismo parecía muy detallado pero a la vez viejo y sucio.

—Esto es lo más antiguo que puedo darte— dejo el libro en manos de la joven.—Quería darte una oportunidad , pero tu hambre de saber la verdad te siega.

Fliege pasó su mano por la tapa, los símbolos que nunca había visto se convertía en letras de su idioma en tiempo de un momento a otro, mientras estaba distraída Gudrun empezó a caminar hacia el resto del grupo.

—Aprende de todos las deidades, busca en los confines del universo hasta encontrar algo que por fin te satisfaga— le dijo esto de espaldas, sin mirarla.
Fliege abrió el libro, buscando cualquier cosa.

Los Años Perdidos.

Cuando el tiempo no existía, cuando nada existía, el cosmos solo era energía yendo y viniendo. En ese vacío pequeñas entidades, seres sin forma definida, consumían esa energía como parásitos. No tenían conciencia, sólo buscaban la preservación de lo que se podría denominar como “sus vidas”, si es que tal término aplicaba para esos seres.

En algún momento hipotético, en algún lugar hipotético, varios de estos seres encontraron un río de energía tan fuerte como delicioso. Se desconoce todo sobre aquel suceso, pero se estima que aquellos parásitos que lograron beber del rio se volvieron los Dioses de nuestros días.

Cada uno muto, obtuvo conciencia y creó un concepto de la nada. La vida, la muerte, el instinto, la conciencia, la naturaleza, las dimensiones, el tiempo, la codicia, los sentimientos, la locura, el conocimiento, y muchos, muchos más.

Fliege no apartó la vista del libro, un análisis detallado de cada criatura. Lo que los dioses ofrecían a sus sirvientes. Recordó las últimas palabras que le dijo su madre “no existen las coincidencias” tal vez esto es lo que Dios, el verdadero Dios, quiere para ella.

La noche pasó al día en un abrir y cerrar de ojos, y todos se preparaban para seguir su viaje. Gudrun miraba el bosque, esperando que aquella chica volviera con su gente, que recapacitara.

Pero nunca lo volvió a saber de ella.

“¿Tome la decisión correcta al darle ese libro?” se preguntó a sí misma


Los años pasaron como arena en un reloj, viajó, aprendió, sufrió y busco. Encontró los nombres de dioses perdidos, estudió la magia del mundo. Una de sus primeras paradas era el Imperio Bizantino, en las zonas montañosas cosas hechas de metal que parecían poseer vida se ocultaban.

Fliege en busca de aquel conocimiento se entregó al Dios Roto, seis años le tomó llegar al centro del culto, mostrar su lealtad y ser aceptada. En la noche más oscura del invierno, en la boca de una cueva, iluminada parcialmente por una llama débil.

El herrero trabajaba en su obra.

Su pupila esperaba pacientemente.

Su intercambio de palabras era fugas, ninguna pregunta, afirmación o mentida era lanzada con propósitos detrás.

—¿Qué crees que pase cuando él vuelva? — preguntó Fliege , recostada en una cama improvisada.

—Lo que su voluntad quiera — el herrero se concentró en su creación.

—¿Qué quieres que pase?

—No importa mis deseos.

—¿Por qué?

—Yo no porto su palabra, yo no hablo por él— el herrero se levantó buscando alguna herramienta.— Aquellos que claman saber lo que quiere su Dios forman división, sectas, idealismo.

Se empezaron a escuchar sonidos de engranajes desde la mesa de trabajo.

—Aquel que de verdad cree en la voluntad de Mekhane, nunca abusaran de tal saberla, puesto que el que afirma hablar por Dios nunca escuchó su palabra.— el hombre sostuvo su invención con una tela blanca y se acercó a Fliege.

—¿Y los que sí pudieron escucharlo?— Fliege por su parte ató con una soga la zona debajo de su codo y apretó con fuerza.

—Entonces nunca afirmarán, actuarán — el hombre mostró su invento a la pupila.

Era un brazo hecho de metal, las pequeñas ruedas con dientes en su interior se movían coordinadamente. El pulido del metal, los pequeños detalles, la anatomía perfecta, era el trabajo de un artesano experto y dedicado a su causa.

La iniciación siguió su rumbo, el grito de aquella chica retumbó hasta perderse en el eco de las montañas. Aquella mujer duró unas semanas más en el culto, una noche simplemente se escapó sin dejar rastro atrás.

Pero llevándose algo muy importante.


hielo.png

Algún lugar, en algún momento.

La nieve cubría todo hasta donde veía, el frío petrificaba los huesos de Fliege. Aquella mujer ya no era tan joven, las canas y el cansancio empezaban a surgir en su cuerpo. ¿Cuántos años tendría? Mintió tantas veces, con tantos , en tantos lugares.

Su hambre no se había llenado. Ella aún no encontró a ese ser. Ahora tocaban los adoradores de la carne, estudio de ellos por partes de terceros, después de todo ya tenía la marca de su némesis en su cuerpo.

El brazo metálico estaba oxidado, su movilidad era lenta y la reacción aún más. Era como una representación muy clara de su dueña, el tiempo se le acababa.

Pero aún le faltaba saber algo, después de meses de búsqueda lo encontró.

Resaltando por su intenso color rojo que salpicaba el paraíso blanco, una ser de cuatro patas de apariencia bobina caminaba lentamente. La cabeza de este ser parecía un ser de su especie, pero el resto de su cuerpo estaba lleno de rostros humanos con diferentes expresiones, aunque todos tenían los párpados cerrados.

Fliege por su parte sacó el pequeño frasco de cristal, en su interior pareciera haber un metal líquido parecido al mercurio. Se posicionó lo más alto que podía, y con toda sus fuerzas gritó. La criatura lo escucho y los ojos de las caras en su cuerpo se abrieron, las pupilas eran de un color negro intenso, y sus gritos eran como el aullar de mill demonios.

La bestia corrió hacia Fliege , por su parte se quedo inmovil, únicamente puso el frasco en su boca. Cuando la entidad por fin la embistió quebrando varios de sus huesos en el proceso, el frasco se rompió por el impacto dejando caer ese líquido a su garganta.

La carne que odia la infectó al devorar su cuerpo, fusionándose con aquel ser, mientras que el virus máquina la infectaba desde su interior, cubriendo su corazón en una capa de hierro impenetrable.

Su conciencia luchaba por prevalecer, pero el dolor de su alma la condenaba a la oscuridad infinita una vez más.


Fliege despertó, estaba flotando en la nada, miro sus manos luego su cuerpo, parecía estar hecho de partículas que revoloteaban de un lado a otro. Su mitad derecha se sentía fría y la izquierda caliente, pocos segundos le tomó darse cuenta que ni siquiera estaba respirando.

Bajo la mirada y vio las estrellas, las galaxias y la tierra. Un hermoso paisaje que jamás habría podido visitar ni en sus mejores sueños. Luego levantó la mirada y vio la infinidad del cosmos devolviéndole la mirada, había otros, otros entes que flotaban sin rumbo aparente, pero ellos se veian mas viejos, cansados y traslúcidos, como si la llama que los mantuviera con vida estuviese a punto de apagarse.

Intentó moverse, hablar, pero todo era inutil. Mientras comprendía la situación una una penumbra la envolvía teniendo el espacio de un rojo sangre y un azul metálico, concluyendo en un hermoso púrpura que combinaba con los ojos de Fliege.

Sobre ella dos Dioses luchaban en su guerra sin fin.

El dragón del metal, quien con sus miles de brazos formaban armas de destrucción masiva, él era el taller, el herrero y el arma todo al mismo tiempo.

El dragón de la carne, tenía miles de cabezas, algunas mordían, otras expulsaban un caldo ardiente de sangre por la boca, muchas otras se reían frenéticamente.
Hermano y hermana se despedazaban uno al otro, explosiones y gritos era lo unico que los sentidos de Fliege podían ver , ya que las formas en las que los dos dragones constantemente motaban para vencer al otro escapaban de la comprensión mortal.

Lo que sí pudo ver era como las vísceras y los engranajes caían a la tierra tiñendola de aquellos colores rojos y azules. El conflicto no se detenía a pesar de que las diferencias eran iguales en poder, necesitaban de algo que cambiarán la balanza a favor del otro y ahí fue cuando sus miradas bajaron hacia donde estaba Fliege.

Como un acto coordinado dejaron la pelea y volaron hasta donde el alma errante de la mujer se encontraba. El hermano moldeó su metal y convirtió su cara en la de un hombre de rasgos rígidos, todo su ser era gris y apagado.

— Te ofrezco la sabiduría de mil heras, te daré un cuerpo inmortal, pero tendrás que llevar mi palabra a las tierras que vayas.

La hermana por su parte desgarro y unió su carne una y otra vez hasta formar el rostro de una mujer de piel calidad, que llevaba un vestido hecho de huesos y músculos.

— Te daré mi amor, te daré todo lo que tus más profundos instintos desean y a cambio consumirás a todo el que se ponga en tu camino en honor a mi.

Los dos seres extendieron la mano, esperando una respuesta que les diera la victoria que anhelaban. Pero ella los rechazó a los dos.

— Ustedes dos son mitades, no crearon el cosmos si no que parasitan la creación definitiva con sus vástagos—Fliege pasó su mirada entre ambos seres.—Me dan asco.

Los dos seres tardaron exactamente un segundo de la eternidad en volver a sus formas primordiales, en una danza conjunta envolvieron el espíritu de la mujer. Rugieron hasta que el universo temblara y de sus bocas azufre combinado con combustible ardiente fueron disparados hacia la pequeña mosca.

El dolor se hizo presente, el alma de la chica volvió a tener su cuerpo solo para ser envuelto en un agudo sentimiento de ardor. Su piel, sus órganos, todo era consumido para volver a regenerarse en milésimas de segundos. Los dos Dioses volvieron a su enfrentamiento, pero el alma de Fliege permaneció en agonía constante.

¿Cuánto habrá pasado en ese tormento? Uno , dos, tres milenios de constante y agonizante ardor ¿El tiempo siqueira estaba corriendo en esa prisión? Fliege alzó su brazo despellejado a lo que podría ser en teoría el cielo , esperando algo, lo que sea.

"No morirás."

Fliege despertó, volvió a sentir el frío en su cuerpo, pero esta vez era por la nieve que caía a su alrededor. Movió la cabeza de un lado al otro, observó ruinas, escombras de una ciudad, muchas personas desfiguradas que yacían muertas en el suelo. Miles de moscas devoraban los cadáveres, las mismas eran gigantes, casi como un ave.

Se tocó la cara, pero sus ojos no esperaban recibir la presencia de una garra metálica. Con lo que antes eran sus manos tocó todo su cuerpo, toco su cuellos fracturado y estirado, su estómago hinchado y abierto, sus piernas transformadas en patas de ciempiés mecánicas.

Era una aberración viviente. Se relajo, puso a su mente a cargo del cuerpo, desapareció y con cuidado el cuerpo iba mutando primero en una masa amorfa, luego sacando las partes de hierro. Cuando terminó Fliege recuperó la apariencia de su juventud, su cuerpo se sentía excelente.

Se acercó a uno de los cadáveres y tomó sus ropajes. Apensar de volver a su yo más joven, Fliege no modificó ni uno de los tatuajes paganos, mágicos y de distintas deidades que cubrían todo su espalda.

Había aprendido mucho en estas décadas, y le faltaba por saber mas antes de encontrar al verdadero creador. Las moscas, gigantes, por su parte, la seguían de cerca en busca de el próximo festín que les otorgue su señora.


Hotel Oparin, Austria. 2017

Claudine veía atentamente a su maestra, la bata que llevaba dejaba entre ver alguno de los tatuajes que cubrían todo su cuerpo. Cada uno era una runa pérdida, alguna forma de protección mística y una muestra de que se había sumergido en varias religiones.

Cada vez que le contaba la historia del pecado de la gula se preguntaba si podría llegar a obtener ese nivel de comunión con una deidad.Fliege se tomó un momento de la narración para levantarse y estirarse, en un momento tan natural abrió la boca para liberar a un enjambre de bosque que terminaron de devorar lo que quedaba del tazón de frutas.

Claudine se sobresaltó del asco y Fliege dejó soltar una pequeña risita.

—Eres adorable—dije Fliege.— Veamos… ¿en donde me quede?

—En donde siempre se queda antes de terminar la historia mi señora— proclamó Claudine alejándose del enjambre.

—Cierto, creo que ya es hora de que te cuente el acto final— Fliege volvió a sentarse.— En aquella época estaba pérdida al igual que mis hermanos, Aamon seguía con su papel de guardián, a Belfegor le habían dado más tiempo para su gran obra, Asmodeo no había nacido y Mammon seguía en su prisión.

No se molestó en pensar en Leviatán, al que no ignoró en sus pensamientos fue a Maximilian, aunque ahora usa más el nombre de Marshall. En todo caso él sería un niño en esa época.


Tréveris, Sacro Imperio Romano Germánico. 1584

El sol brillaba por la mañana iluminando hasta el más mísero fragmento de piedra en el monasterio, las monjas con paso mecánico y firma se disponían a realizar sus respectivas tareas. Una de ellas, Adelaida, limpiaba los interminables pasillos. Hoy le tocaba a ella sola debido a que su compañera tuvo que quedarse reposando por una repentina enfermedad.

Las horas pasaban y el cansancio empezaba a detonarse en su cuerpo, era relativamente nueva entre las monjas y aun no estaba acostumbrada a la disciplina de un lugar como ese. Poco a poco sus párpados se volvieron más pesados que su trapo, se acercó a uno de los banquillos largos que se ubican debajo de la imagen de un santo pintada a la pared para dejar que el mundo onírico se la llevase por unos instantes.

Al abrirlos vio que la abadesa la miraba fijamente, a pesar que la misma parecía tener una expresión relajada,Adelaida salto de un grito al verla.

— ¡Lo lostiento mucho señora!.. ah—Adelaida balbuceó, había olvidado su nombre.

—Es señorita Gudrun Fliege— dijo la abadesa.

Cuando los dioses se acababan, las posibles deidades y los secretos eran consumidos por su mente, Fliege decidió que tal vez debía volver al inicio de todo. Moldeó su cuerpo al de una jovencita, para volver a ser tomada como huérfana en el convento. Tras un par de décadas ascendió de rango mientras buscaba ese “Dios”.

—Cariño no deberías trabajar si estás tan cansada—dijo Fliege dando unos pasos hacia su habitación. — Acompañame.

Adelaida camino con paso tembloroso detrás del demonio con piel de mujer, al llegar y entrar en la habitación la joven monja pudo denotar los muebles finamente tallados, el escritorio de madera, y la basta colección de libros en cada uno de los estantes. Un amplio ventanal daba la entrada a los rayos del sol que iluminaban de forma mágica a cada adorno.

—Toma— dijo Fliege ofreciéndole una copa de vino a la joven.—En la mesa ahí pan y sal, sírvete todo lo que quieras.

Adelaida intentó negarse, pero la insistencia pasiva de Fliege la llevó a sentarse y disfrutar del manjar. Las dos hablaron como viejas amigas, calmadas, tranquilas, entre sorbos y sorbos de aquel néctar morado.

Los párpados de Adelaida se cerraban lentamente mientras el sol terminaba de salir por completo, hasta que la joven se desmayó en su silla. Al final de ese mismo dia Fliege había obtenido órganos nuevos para prolongar su vida.
Las artes de los Karcistas ayudaban mucho a prolongar la vida de un individuo, pero la vida eterna sin efectos adversos era casi imposible. Aunque para un hechicero de la carne el obtener víctimas para restaurar sus viejas partes del cuerpo no era un problema, pero desde que Fliege volvió a la casa del señor ha tenido que planificar sus pasos.

Incluso liberó una pequeña plaga controlada para que la muerte o desaparición de una que otra monja no resaltará fuera de lo normal. ¿Cuánto tiempo le duraría estas nuevas partes de su cuerpo? Tal vez uno o dos meses, cada vez duraban menos, el tiempo se terminaba.

Fliege recito una palabra en una lengua muerta lo que provocó que unos de sus tatuajes se iluminará, creando de la nada una niebla espesa que desintegró los restos sin vida de la joven monja.

Fliege se dirigió a donde estaban sus libros, buscaba uno en particular, uno que ella misma había creado y que más que un libro era una forma de comunicación. Al encontrarlo no perdió el tiempo, lo abrió en la página en una página en blaco, tomó un cuchillo y con el dejo salir una gota de sangre de su dedo. Cuando la gota impactó con la hoja los símbolos arcanos empezaron a auto dibujarse en el papel, en el centro de esos libros un círculo negor se formaba y de él salía una grave, pero cansada voz.

Liberame— dijo la voz del Dios del oro.

—Aún no es el momento.

Hace mucho tiempo, en busca de los seres primordiales de este mundo,Fliege logró dar con el grito ahogado de un Dios olvidado por todos en el reino más allá del cuerpo. Era débil y pocas personas podrían oírlo, su prisión se hallaba en un lugar continente antes desconocido. Muchas veces Fliege quiso ir a esas nuevas tierras, pero por una o otra razón el universo intervenía para frustrar sus viajes.

Necesito… recipiente.— dijo el ser ancestral.

—Ya me explicaste muchas veces cómo funciona tu cárcel, tengo una teoría de que el hechizo funcionara, pero necesitaría de un voluntario que también escuche tu voz.

Fliege se quedó mirando a la luna unos momentos en lo que pensaba su próximo plan, mientras que la voz agonizante del demonio no dejaba de solicitar su libertad.


A diferencia de otras Adelaida, Fliege solía moverse mucho fuera del monasterio. Con los años y la experiencia le resultó fácil lograr una red de confianza entre los altos mandos que veían en ella una consejera digna de la palabra del señor. Aunque claro siempre había una espinilla.

Peter Binsfeld, el cazador de brujas más famoso de la zona, un hombre muy sabio y de lengua afilada. Fliege pudo ver su ascenso a la cima en primera fila, y por lo mismo sabía que era una figura a tener en cuenta. Evitaba cualquier interacción que no fuera estrictamente necesaria.

En una de sus visitas a la iglesia que también servía como orfanato cruzó caminos con un peculiar joven, era uno de los tantos niños que habían salvado Binsfeld. Pero ella podía ver algo más, en su cuerpo se sentían los restos de un ritual taumatúrgico.

El chico en cuestión estaba en la biblioteca, tratando de ordenar libros según lenguajes que claramente no entendía,Fliege se acercó a él , lo instruyó. Descubrió que su nombre era Maximilian König y que en su interior yacía un rencor profundo por aquel que lo salvó de sus padres.

Con el pasar de los años Fliege logró hacerse cargo de su enseñanza, tanto en lo referente a su religión como alguna que otra instrucción para hacerlo resistente ante futuras complicaciones mágicas. En definitiva el chico tenía voluntad, la codicia brillaba en sus ojos.

Por lo que inició los preparativos para liberar a esa entidad, contrató a un grupo de personas con experiencia en lo peculiar, le explicó la situación disfrazándose de la leyenda con una leyenda con los españoles habían inventado de una ciudad hecha de oro para asegurar su cooperación.

Finalmente con unas movidas de hilos políticos, logró hacer una expedición religiosa al nuevo mundo en 1587, obviamente el chico iba en ese viaje. A pesar de todo Fliege había llegado a encariñarse realmente por aquel joven, como si intentara construir aquella ilusión que vivió con su madre.

"Sigue tu voluntad y la avaricia no te consumirá."

Fueron las últimas palabras que le dijo antes de que aquel barco sarpaste.


Tréveris, Sacro Imperio Romano Germánico. 1589

La gran abadesa corría de un lado a otro de su humilde recámara, tomaba cada libro, cada estatuilla, y con un movimiento fugaz de sus manos los destruía, hasta que no quedaran rastros. Cuando intentó tomar uno de sus libros más antiguos para quemarlos con su magia, solo resultó en un dolor ardiente en su interior que la hizo caer brevemente al suelo. Por el gran ventanal de su habitación se dejaba ver la noche, y como aparte de la luz de la luna, el paisaje era iluminado por varias antorchas de los inquisidores que galopaban rápidamente hasta el convento.

Fliege solo sudaba ante el estrés de ver como su red de hilos que había tejido por años se desmoronaba. No solo era el hecho de que aquella entidad no le había comunicado el progreso de su pupilo en dos años, también porque la expedición fue la raíz de la sospecha que atrajo a la nariz de Binsfeld hasta las intenciones de sus intenciones.

La presión política para realizar investigaciones sobre la abadesa fueron constantes, y sin contar todo eso el estado de Fliege se deterioraba más y más. Poco a poco el número de monjas que desaparecen iba en aumento, hasta que cometió un error y unas testigo le reportó a la inquisición sobre los actos atroces que cometió esa noche.

Fliege pensó en varias soluciones pacíficas, como dialogar y eliminar la evidencia, pero no. Tarde o temprano los tatuajes la revelarían como una bruja, y escapar no era una opción ahora. Tendría que luchar.

Horas después los inquisidores derribaron la puerta del monasterio, esperaban recibir a varias mujeres medio dormidas asustadas, pero en lugar de eso se encontraron con monstruosidades sin piel. Las que antes eran las hijas de Dios se convirtieron en habitaciones que arremetieron violentamente contra los inquisidores.

El fuego era la única arma que aquellos hombres poseían para defenderse, con algo de suerte logran evitar a las monstruosidades mientras subían por las escaleras de piedra hasta llegar a la habitación de la hereje. Para sorpresas del grupo de diez hombres liderados por Binsfeld, la mujer se encontraba de pie al final de la larga e inclinada escalera de piedra. Sin discutir palabras, Fliege deformó la realidad a su alrededor, liberando el mal en ellos.

Uno gritó por las estalactitas rocosas salidas desde la misma pared que perforaron su carne en un segundo, dos huían de la escena antes de ser consumidos por el virus de la carne que los esperaba afuera del pasillo. del resto no supo más ya que envolvió el pasillo en un enjambre de moscas,para huir hasta la torre más alta del convento.

Una vez ahí arriba, en la zona que no estaba cubierta por ningún techo y el viento frio la abrazaba como una manta, no pudo evitar vomitar del dolor.

—¿¡Qué más quieres de mí!? — gritó la mujer al viento esperando respuestas.— Te di mi cuerpo, mi corazón y mi alma, ¿Porque no solo me demuestras tu existencia? Déjame sentir por siempre aquella sensación cuando me salvaste.

Fliege se acercaba con paso errático hasta el borde, esperando darle algún fin a su existencia.

—¡Detente ahí!—dijo el obispo Binsfeld.—Hija del demonio, que corrompen todo tocan sus manos ¡Ríndete y arrepiéntete por haber desviado del camino de dios!
Fliege lo miró atentamente, sorprendida de que aquel hombre haya sobrevivido a tantas maldiciones.

—¿Que me he alejado del camino de Dios dices?— dijo la mujer con voz enloquecida. Soy la única persona que ha estado siquiera a la par de entender a Dios,cada una de sus caras, tu te has encerrado en un solo camino, pero yo los cruze todos.

La realidad volvía a ser deformada, el cielo y la tierra que envolvían una a la otra formando un remolino caótico, que a la vez generaba un sangrado imparable en la nariz y ojos de Fliege.

Pero aunque algo no estaba bien, aunque la entropía personificada arrasaba con la torre en la que estaban, Binsfeld se mantenía firme como un ancla en la misma realidad que impone su orden. Fliege sintió el miedo cruzar por su cuerpo, con cada paso que el obispo daba hacia su dirección.

—¿¡Cómo!?— dijo ella sin entender.

—No se quien eres en verdad, pero desde el día que te conocí no has demostrado ser más que patético que manipula y miente para conseguir lo que quiere, será mi deber entregarse a las santísimas puertas de san pedro para que te juzguen.

Binsfeld arremetió contra Fliege provocando que ambos estuvieran al borde de una caída inminente, al filo de la muerte Fliege se rindió. El dios que la ignoró el dia que su madre cayó en las manos del rey, ahora le daba fuerza a su enemigo para causar su muerte.

Era el fin.

“Del alma que habita mi cuerpo, de las almas que hace latir el corazón de todos en mi convento muertos o vivos, te las ofrezco todos, consume todo a tu paso, consúmeme en tu infinidad.”

“Y durante un segundo, durante menos de un segundo lo vio, aquel ser que planificó cada escenario de ella y de sus hermanos.”

“El ser que nació por primera vez para crear el universo, ahora nació por segunda vez para crear a los pecados.”

“El ser busco en la vasta memoria de sus creadores y de ellos escogió los nombres perfectos para bautizarlos.”

“Ah Fliege la renombró como Beelzebub, y cuando terminó de nombrar a sus hermanos ella escogió un nombre para el ser que tenía en frente.”


Hotel Oparin, Austria. 2017

—¿Por qué?—dijo Claudine.

Fliege le miró sin decir nada.

—Si presenciaste aquel ser, ¿porque no tu o tus hermanos no intentan volverlo a traer o crear un culto a su ser?

—Oh querida, a mis hermanos nunca les importo mucho, ellos siguen sus deseos egoístas— Fliege pensaba recriminar, pero fueron esos deseos egoístas los que dieron pie al segundo nacimiento.—Por mi parte, aunque acepté a ese ser como el verdadero creador, aquella criatura solo me dio mi nombre, ninguna otra instrucción.

—Pero no entiendo, podrias guiarme a mi, a todos en antares para llegar a la perfección a atreves de lucifer…

Claudine siguió hablando y hablando, al final ella no lo entendía. Fliege a veces pensaba en deshacerse de ella, pero la necesitaba a ella y a su club ocultista para no llamar la atención de los caballeros blancos o los jueces grises. Ya varios de sus cultos fachada habían caído por culpa de ambos grupos.

—En cuatro a tu otro pregunta— dijo interrumpiendo el parloteo incesante de Claudine.—Para traer a Lucifer de vuelta a la vida, se tendría que hacer una cosecha de almas junto a mis hermanos al mismo tiempo, tengo la teoría que las marcas que él dejó en nuestro cuerpo servirán para mantener su existencia, a la vez que las mismas nos otorgan la inmortalidad.

Pero claro sus hermanos eran difíciles de coordinar para algo como eso, aparte necesitaría un oponente digno para ser sacrificado en nombre de su dios.

Aamon, aunque desafiante, a decidido unirse a ella para recuperar su cuerpo físico y recuperar la biblioteca.

Belfegor es la neutralidad absoluta, con algo de suerte pudo encontrar su cuervo podriado por el óxido en una cueva perdida en el desierto, ahora mismo está resguardado por agentes de MC&D.

Asmodeo por muchos años era la rebelde, pero ahora está más que dispuesta de colaborar con su nueva madre.

Mammon, los dos, son aliados indiscutibles.

Y solo quedaba una carta en el juego que aún no caía en la mano de Fliege.

—¿Dónde estás Leviatán?

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Puntuación: 0+x

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